En la Ultima Cena, después de tres años de convivencia, en un clima de despedida y de ternura, Jesús hace a sus discípulos una promesa conmovedora: "no os dejaré huérfanos" (Jn 14,18). Palabras que encierran un misterio sobrenatural. Huérfano es quien al no tener padres, carece de familia. Así, con esas palabras, Jesús está prometiendo a los apóstoles una familia maravillosa. Hasta ese momento, lo había sido todo para sus discípulos: un maestro, un padre, un hermano, un amigo. Ahora se va al Padre, pero no los deja solos. Se queda “escondido” en la Eucaristía. Además, nos envía desde el Padre al Espíritu Santo. Ambos nos hacen hijos de Dios. Y, al hacernos hijos, nos hacen miembros de la mejor de las familias, la familia de Dios. Efectivamente cumplió. No nos deja huérfanos porque nos da una familia –la Iglesia– de la que Él es la cabeza y el Espíritu Santo, el alma. La familia de los hijos de Dios. Y para que la familia esté completa en la tierra le da un padre: ¡el Papa!, "dulce Cristo en la tierra", como lo llamara Santa Catalina de Siena. Representa Su persona. Su cariño. Su autoridad.
¡Viva el Papa, siempre! Especialmente para nosotros los jóvenes, que iremos donde vaya. Sorpresa sin sorprender, porque la misión de Pedro es confirmar en la fe, apacentar las ovejas. Sopla el Espíritu, la Iglesia continúa, todos los católicos estamos alegres. Antes Juan Pablo II. Ahora Benedicto XVI. La Verdad clara para poder aceptarla o rechazarla, tal cual, ahí está, como siempre, para toda la Humanidad. Debemos gritar siempre ¡Viva el Papa!, importando muy poco el nombre de quien está en la sede de Pedro.